El siglo IV fue un período de profundas transformaciones en el Imperio Romano. La muerte de Constantino el Grande en 337 dividió el dominio entre sus hijos, y la rivalidad entre la parte occidental y oriental se intensificó. En ese marco, la figura de Eusebia, esposa de Julius Constantius, se inserta en la elite política y cultural del Imperio, siendo un puente entre las tradiciones persas y romanas.
Eusebia, de origen persa, introdujo influencias culturales que enriquecieron la corte romana. Su capacidad diplomática permitió que su hijo, Julian el Apóstata, ascendiera al poder y defendiera la tradición paganista frente a la creciente cristianización. Aunque su influencia directa se ha subestimado, su legado persiste en las decisiones políticas y en la preservación de valores clásicos.